Aurelio mira la pantalla de su computador. Nunca lo había pensado, pero ahora siente como con cada segundo que pasa se vuelve más viejo. Los botones de su camisa se sienten cada vez más apretados y su corbata mas corta, mientras su abdomen cada vez mas ancho casi ha perdido su forma. Se siente somnoliento y va a tomar algo. Se levanta y se dirige a la cafetería. Hay un par de mujeres hablando. Visten trajes ejecutivos pero aún así solo logran verse como oficinistas cualquiera, esperando como la gran mayoría a que acabe la jornada para empezar una nueva. Hace un pequeño saludo y se acerca a la máquina. Tomará café con leche, como siempre, aunque hoy piensa poner algo de azúcar. Se acerca ahora bebida en mano a la ventana. Desde el piso sexto ve como la gente se mueve como hormigas y tras sus lentes sus ojos dibujan una expresión de resignada tristeza.
Tres, cinco... siete minutos. Ya va siendo hora de volver al puesto a digitar más números. Piensa por un momento como el mismo teclado que lo hace esclavo puede ser igualmente una máquina de sueños, un artefacto para volar. Por un momento se conecta a esa energía cuando era jóven, su cuerpo vigoroso y cientos de historias en la cabeza. Ahora, ya pasados los cuarenta, ve esa imagen alejarse de su mente, escondiéndose tras una esquina. Otro sorbo... procura mantener esa imagen... vuelve, siente el calor de esos días. Las mañanas prometedoras, las tardes acariciadas por la niebla, los rayos de sol dispersos formando hermosos colores naranja. Los pastos, los jardines. Siente renacer el impulso y la expresión triste desaparece. Hay un brillo nuevo en los ojos.... diez minutos, quince minutos.... Se da cuenta como los rayos de sol rebotan entre las fachadas de vidrios coloridos y logran tocarlo... Casi puede sentir como corre el viento al otro lado del vidrio. De repente una punzada lo despierta de su fantasía. Veinte minutos... veinte minutos! el café sobrante frío e insípido es tirado a la basura. Se apresura a volver a su puesto de trabajo. Ha llegado Ana María tras visitar algunos clientes pero de resto no hay diferencia. La pantalla de su ordenador permanece oscura y siente como si como un criminal fuera
- Veinte minutos... si sigo así me echan
Prende la pantalla. Un par de correos mas y cientos de datos mas para digitar le esperan. No ha pasado nada. Se dio un regalo sin darse cuenta. En las cuentas finales de la empresa jamás aparecerán los breves momentos en los que escapó sin que nadie se diese cuenta.