5:30 de la mañana. Abro los ojos
y el día aún está oscuro. Hace algo de frio y el silencio aún es rey antes de
que la ciudad se llene de ruido blanco producido por buses, tiendas de comercio
y zapatos contra el cemento. Me levanto casi mecánicamente hasta recordar
instantes antes de poner mis pies en el suelo que no hay razón alguna para
incorporarme a esa hora. Me envuelvo nuevamente entre mis cobijas. Por estos
días, al menos, respiro un aire nuevo.
Diana vive conmigo y, contrario a
mí, se encuentra lista para entrar en la ducha. Escucho como tras bañarse sale,
prende la radio y con cierta prisa se dispone a embellecerse para un nuevo día
laboral. Es lunes, y pocas ganas tiene de hacer cualquier cosa, en especial, de
cumplir con un horario. Come algo en su desayuno, cepilla sus dientes y se
presta a enfrentar el día.
Luce hermosa. Hace poco dejó los
lentes de contacto y volvió a las gafas. Si bien la montura gruesa de sus Ray
Ban no la hacen necesariamente más creativa ni inteligente, si le dan un toque
sensual a su mirada, aunque por estos días no es que me mire de la mejor
manera. Si encontrara la forma, se metería nuevamente en su cama hasta más
tarde, no saldría a encontrarse con el viento frío y trabajaría el tiempo que
quiera, a su manera y donde quisiera, aunque el problema precisamente radica en
que no tiene claro el que, el cómo y mucho menos el donde.
Entra en mi habitación, abriendo
con brusquedad la puerta. No sé si me está gritando o es mi estado somnoliento
lo que me hace percibirla enojada. Me pregunta dónde está la llave del depósito
para sacar algo, le digo que está en el lugar de siempre y me indica que no hay
nada. Me reincorporo entonces y procedo a buscarla por ella. La encuentro.
Estaba debajo de un papel en la mesita de siempre. Se la entrego y me dice que
ya se le ha hecho muy tarde para ir a buscar lo que necesitaba, que debe ir a
TRABAJAR y que no es tan urgente lo que sea que hasta hace un momento quería…
Contiene con todas sus fuerzas una mueca de satisfacción por arruinarme el
sueño, se pone su abrigo, se despide de mala gana y cierra la puerta con
fuerza.
La casa queda ya en silencio y yo
con la llave en la mano. La dejo en su sitio. Me dispongo a meterme debajo de
mis cobijas. En un par de horas me levantaré. Con sol, aire tibio, empijamado y
desde mi casa empezará mi día. La pantalla de mi pc me saludará con una
espléndida ilustración de Salvador Dalí, bastón en mano, vistiendo una camiseta
de Vampire Weekend. Los días del fondo corporativo de pantalla parecen haber
terminado.
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