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lunes, 27 de enero de 2014

Tiempos Modernos

5:30 de la mañana. Abro los ojos y el día aún está oscuro. Hace algo de frio y el silencio aún es rey antes de que la ciudad se llene de ruido blanco producido por buses, tiendas de comercio y zapatos contra el cemento. Me levanto casi mecánicamente hasta recordar instantes antes de poner mis pies en el suelo que no hay razón alguna para incorporarme a esa hora. Me envuelvo nuevamente entre mis cobijas. Por estos días, al menos, respiro un aire nuevo.

Diana vive conmigo y, contrario a mí, se encuentra lista para entrar en la ducha. Escucho como tras bañarse sale, prende la radio y con cierta prisa se dispone a embellecerse para un nuevo día laboral. Es lunes, y pocas ganas tiene de hacer cualquier cosa, en especial, de cumplir con un horario. Come algo en su desayuno, cepilla sus dientes y se presta a enfrentar el día.

Luce hermosa. Hace poco dejó los lentes de contacto y volvió a las gafas. Si bien la montura gruesa de sus Ray Ban no la hacen necesariamente más creativa ni inteligente, si le dan un toque sensual a su mirada, aunque por estos días no es que me mire de la mejor manera. Si encontrara la forma, se metería nuevamente en su cama hasta más tarde, no saldría a encontrarse con el viento frío y trabajaría el tiempo que quiera, a su manera y donde quisiera, aunque el problema precisamente radica en que no tiene claro el que, el cómo y mucho menos el donde.

Entra en mi habitación, abriendo con brusquedad la puerta. No sé si me está gritando o es mi estado somnoliento lo que me hace percibirla enojada. Me pregunta dónde está la llave del depósito para sacar algo, le digo que está en el lugar de siempre y me indica que no hay nada. Me reincorporo entonces y procedo a buscarla por ella. La encuentro. Estaba debajo de un papel en la mesita de siempre. Se la entrego y me dice que ya se le ha hecho muy tarde para ir a buscar lo que necesitaba, que debe ir a TRABAJAR y que no es tan urgente lo que sea que hasta hace un momento quería… Contiene con todas sus fuerzas una mueca de satisfacción por arruinarme el sueño, se pone su abrigo, se despide de mala gana y cierra la puerta con fuerza.


La casa queda ya en silencio y yo con la llave en la mano. La dejo en su sitio. Me dispongo a meterme debajo de mis cobijas. En un par de horas me levantaré. Con sol, aire tibio, empijamado y desde mi casa empezará mi día. La pantalla de mi pc me saludará con una espléndida ilustración de Salvador Dalí, bastón en mano, vistiendo una camiseta de Vampire Weekend. Los días del fondo corporativo de pantalla parecen haber terminado.

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