Los peces (cubiertos de moscas que en pleno junio
holgazanean en el agua a mediodía)
reflexionan con honda sabiduría, clara u oscura
sobre sus esperanzas o temores secretos.
Dicen: tenemos el Arroyo y el Estanque;
pero ¿hay algo más allá?
Esta vida no puede ser Todo, aseguran,
¡qué desagradable si así fuera!
No se puede dudar, de alguna manera algo
bueno vendrá del Agua y el Barro;
y, desde luego, el ojo reverente debe ver
un Propósito en la Liquidez.
Misteriosamente sabemos, con Fe suplicamos,
el futuro no es totalmente seco.
¡Fango en el fango! -La Muerte se acerca-.
¡No está aquí el Fin asignado, no está aquí!
Pero en alguna parte, más allá del Espacio y el Tiempo,
hay un agua más acuosa, un limo más viscoso.
Y allí (confían ellos) allí nada Uno,
que ya nadaba antes de que nacieran los ríos.
Inmenso, con mente y forma de pez,
escamoso, omnipotente y amable;
y bajo su Aleta Todopoderosa,
puede cobijarse el pez más pequeño.
¡Oh! Nunca la mosca oculta un anzuelo,
dicen los peces, en el Arroyo Eterno,
pero allí hay más que hierbas mundanas,
y limo, de belleza celestial;
Gruesas orugas van a la deriva,
y se encuentran Larvas del Paraíso;
polillas inaccesibles, moscas inmortales
y el gusano que nunca muere.
Y en ese Cielo que desean plenamente,
ya no habrá tierra, dicen los peces.
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